Por: El Arcángel
Ya tienen a su favorito. Bad Bunny en la mira.
Les guste o no, este juego representa mucho más en el contexto que hoy se vive en el continente americano, marcado por la situación política impulsada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump con su discurso antinmigración y su gobierno reacio, cuyas políticas internacionales han sido altamente controversiales.
Se vive una polarización que ha colocado al espectáculo y al deporte en el ojo del mundo, incluso para quienes no siguen el futbol americano. Esta vez, el ingrediente que detona la conversación es el sabor latino que aporta Bad Bunny, el reguetonero puertorriqueño, quien recalca su origen en un escenario donde la nacionalidad se ha convertido en tema central dentro de la Unión Americana.
El propio presidente estadounidense desaprobó su participación. El comisionado de la Liga Nacional de Futbol (NFL), Roger Goodell, lo sabe, y aun así lo colocó como el artista principal del espectáculo de medio tiempo, en el juego entre los Halcones Marinos de Seattle y los Patriotas de Nueva Inglaterra, por cierto, que varios jugadores de ambos equipos tienen ascendencia de Colombia, Venezuela, Cuba, Panamá y México.
Miles de opiniones a favor y en contra han inundado las redes sociales. La vieja escuela de la afición al deporte de las tacleadas insiste en que este espectáculo debe estar ligado al rock, y por ello rechaza a este artista. La NFL también lo sabe, y aun así apuesta por las nuevas generaciones, por ampliar su mercado y conectar con otras audiencias.
Este show no es gratuito. Bad Bunny no necesita el Super Bowl: sus millones de seguidores lo confirman como el artista del momento. Pero si a eso se le añade el tinte de protesta, de inconformidad frente a políticas supremacistas impulsadas desde la Casa Blanca, el evento adquiere otro matiz, uno más profundo: el de plantar cara a un falso nacionalismo que encubre racismo y antinmigración bajo políticas opresoras que promueven el odio hacia los no estadounidenses.
Hoy, muchas personas ya ni siquiera saben quién se enfrenta en el último juego de la temporada; solo saben que estará el Conejito Malo. La mesa está puesta. Este domingo 8 de febrero, seguramente, marcará historia: la de la resiliencia, la del boom latino, la del poder de los pueblos de América.
Quizá no como algunos quisieran, pero el reguetón —esa música tantas veces misógina, tantas veces sexualizada— parece volver a sus orígenes: los de la protesta, los de la resistencia, los de alzar la voz. La voz de los oprimidos.
Ya se verá, pero algo es seguro: estarán presenciando historia pura.







