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El sacrificio de la Arqueología – De Tardes Negras

Por Marco Aurelio.

 

El libro más reciente de Andrés Manuel López Obrador que se titula “Grandeza”, busca reivindicar a los pueblos originarios y rescatar la riqueza cultural del México antiguo.

El libro se centra en exponer los aportes de civilizaciones como los olmecas y otras culturas del México prehispánico.

El objetivo del autor es “desmontar la historia creada por los conquistadores e invasores” y resaltar el legado de valores y tradiciones de la civilización negada.

Andrés Manuel López Obrador sostiene que los sacrificios humanos y el canibalismo no existieron en el México prehispánico.

Afirma que estas prácticas fueron una invención de Hernán Cortés y los cronistas españoles para justificar la invasión, el despojo y la esclavitud de los pueblos originarios.

Además, cuestiona la veracidad de estructuras como el tzompantli (el altar de cráneos) de Tenochtitlán, calificándolas de fabricaciones.

Presenta esta negación como un “dato duro” dentro de su visión para reivindicar la herencia cultural y ética de las civilizaciones mesoamericanas.

Pero arqueólogos e historiadores, como Eduardo Matos Moctezuma, han refutado estas afirmaciones señalando que existe evidencia arqueológica y científica suficiente que confirma la existencia de sacrificios rituales en diversas culturas antiguas de México.

El libro ha generado una amplia controversia por ofrecer una versión que muchos académicos consideran una idealización política alejada de la realidad histórica documentada.

Cholula es un punto clave en la narrativa del libro, especialmente dentro del análisis que Andrés Manuel López Obrador hace sobre la Conquista de México.

AMLO utiliza “La Matanza de Cholula” como uno de sus argumentos principales para cuestionar la versión oficial de los conquistadores.

López Obrador describe la masacre perpetrada por las tropas de Hernán Cortés como un acto de crueldad extrema destinado a sembrar el terror entre las poblaciones indígenas.

Al negar que existieran sacrificios humanos en el México prehispánico, el libro posiciona la violencia de eventos como el de Cholula —donde miles de personas murieron a manos de los españoles y sus aliados— como la verdadera muestra de “barbarie” de la época, invirtiendo la narrativa tradicional que justificaba la invasión como una misión civilizadora.

Cholula es mencionada como uno de los grandes centros de la “civilización negada” (término que retoma de Guillermo Bonfil Batalla), destacando su importancia religiosa y arquitectónica previa a la llegada de los europeos.

A partir de estos relatos en el libro Grandeza, la presidenta municipal de San Pedro Cholula, Tonantzin Fernández Díaz, solicitó retirar el fragmento en el que se alude a sacrificios humanos dentro del espectáculo del “Ritual a Quetzalcóatl”, a cargo de Roberto Cristóbal Ramírez Macip, combina danza, música y poesía, es reconocido por liderar esta producción tradicional en conjunto con el Ballet Folklórico de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Se representa en la zona arqueológica de Cholula, en el marco de uno de los eventos más simbólicos de la región, el Equinoccio de Primavera.

La postura de la presidenta municipal, Tonantzin Fernández Díaz, revela una profunda desconexión con el mito fundacional que da vida al ritual.

El espectáculo de Quetzalcóatl no es una apología a la violencia, sino la representación de un acto de amor cósmico y regeneración. Según la cosmología náhuatl, Quetzalcóatl descendió al Mictlán para recuperar los huesos de las generaciones pasadas y, mediante un autosacrificio, derramó su propia sangre sobre ellos para dotarlos de vida.

Al exigir la eliminación de este fragmento, se pone en riesgo la integridad de la verdadera historia y cultura de nuestros antepasados bajo el peso de un discurso político actual.

El “Ritual a Quetzalcóatl” no busca enaltecer la muerte, sino narrar cómo la vida humana es, en esencia, un regalo divino pagado con la esencia del dios. Intentar “limpiar” el mito de este elemento es tan absurdo como pretender que en un Viacrucis se elimine la escena de la crucifixión bajo el argumento de que nadie está a favor de que se crucifique a las personas.

La historia y sus leyendas no pueden sesgarse por la ideología de un movimiento político. Son patrimonio de la identidad mexicana y, como tal, deben ser protegidas de la censura que nace del desconocimiento.

Si se permite que la política dicte qué partes de nuestra herencia cultural son “convenientes” y cuáles no, terminaremos con una identidad descafeinada, vacía de su misticismo original y reducida a idiosincrasia política.

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